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jueves, 14 de noviembre de 2013

Sólo el principio

Salir, lejos, notar el cambio en el ambiente. El olor de la humedad. Ver los carteles de despedida y de recepción, la montaña a la derecha y el mar a la izquierda. Letreros en un idioma hasta hace poco desconocido. Ese autobús en el que estas pasando unas 12 horas, encerrado, en marcha, moviendote, con todos y a la vez con ninguno. Saludando, echando el rato, con pocas ganas de descansar, aunque debieras por la semana que vas a pasar por ahí. Pero qué más da, ya dormirás en 8 días. Porque a todo esto ha llegado un punto en el que ya no estas en órbita, ni te hace falta. Estás con mucha gente con la que quieres estar, aunque ni siquiera conozcas a algunas personas. Música, fotos, cámaras rotas... Y tu mochila, con el evaristo dentro, debajo tuya, cargada de ilusiones y ropa, pero con el espacio suficiente para los recuerdos. Sabía a donde iba, había pasado cerca pero no sabía más. Y nervios no había muchos, había ganas. Jersey de lana, que en esa época por esas tierras hacia más frío que en verano. Y, llevando la espera, no te quedas sentado. Una semana en la que, aún estando mal la cosa aquí, desde el momento en el que subí a ese autobús se pasaron todas las penas. Qué efecto no tendría, que desde la primera vez que me subí hasta la ultima, si no llegué a la felicidad absoluta me acerqué mucho. Por eso tengo muchas ganas de coger otro, de volver a vivir esa experiencia. O de simplemente perderme por ahí, como finalmente debería haber hecho. Qué diferente fue la expectativa a la realidad, y cuanto me alegro, porque lo superó con creces.
Pero lo de hoy fue solo el principio. El principio de la mejor experiencia de mi vida.


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